Julien Meunié
Obra criticas
textos de crítica
Por J. Jesús Camargo, para el evento de Son Amer
El arte de desafiar la finitud

Este reencuentro es tan único como efímero. Irrepetible. Tan bello como indeleble, que nace para ser disfrutado, y para desaparecer a la vez. Un retorno a la poesía pictórica de Julien Meunié, para volver a sentir a través de su mirada la alegría de ser el instante, de reencontrarnos a nosotros mismos mediante su huella, del dolor en la piel de los lienzos, del papel, que se hace textura, se hace sueño, milagro que estalla en inmortales colores, y con fidelidad a la vida, trascendiéndola a la vez.
Un evento único que es posible y necesario por el latido de la esencia que Julien esculpió en las paredes de los corazones de sus almas más queridas, de las miradas femeninas de su vida. Porque su obra también son los colores y los ojos, las sonrisas y los gestos de quien más amó.
Julien desafió la finitud con su sensibilidad para sufrir y disfrutar de la realidad de los sentimientos, de los instantes compartidos, con su forma auténtica de captar la belleza, cuya existencia no se desvaneció con su último y triste latido.
Desde el tiempo en que pintaba el alma de un río, colores de agua y amor. Desde el que representaba cada color, cada gota de luz, al tiempo que pintaba un instante, quieto, efímero, y explosivo, de un paisaje que más que mirarlo, cual el amor, lo sentía, y que bailaba entre restos de hierba de la dulce orilla del deseo hecho afluente, que acontecía eternamente sugerido, porque ocultaba parte de su ser, que se prolongaba, se tejía, y desembocaba hasta ser acariciado en cada corazón de los ojos que más amó.
Susan, que cuida del recuerdo del hombre, y de la obra del creador, y es el corazón que busca, con un pincel sin colores y una paciencia de siglos, en la tierra que acogió su amor y su verdadero nacimiento compartido, los vestigios de la historia, del paraíso donde establecieron su nacimiento, la isla náufraga del mar mediterráneo se deshace entre sus dedos en infinitas historias.

En el corazón de Adriana se teje un hilo de noche y primaveras que, latido a latido, cicatriza y cose las esquirlas del dolor que se convierten en belleza a través de sus dedos, en forma de miradas, corazones de flores, tela, terciopelo, botones... En el corazón de Gabriella la poesía se hace luz y estalla en colores que se buscan y se reencuentran en los pequeños recuerdos, en una sonrisa que se hace obra de arte, azar. Y en las sutiles paredes del corazón de Melina late el ritmo de la danza eterna que un día nació de su piel, de sus silencios elegantes, que se desgarran con la palabra dulce, la mirada limpia. Porque Julien se disgrega entre los gestos, las sonrisas, el arte que estalla entre los dedos de las almas que más amó, y se disuelve en colores que se buscan, se reencuentran, hilos que tejen la noche y ritmos que acarician el sol.
Así, Julien estalla, nace, vive y revive, en cada pincelada, en cada hilo, en cada mirada, en cada ritmo oculto que se esconden tras las sonrisas y las lágrimas de quienes más lo amaron. Julien va regalando sus dedos que buscan la cadencia del sonido que embarga, que exalta la emoción de sentirse vivas. Y ellas ponen el corazón que late al ritmo de su mirada entre nuestros dedos, para encender la obra de Julien en una nueva luz jamás presentida, para alumbrar el mundo y nuestras vidas.
El silencio se resuelve con una palabra convulsa, convencida, milagro del tiempo que se desgaja en una luz eterna, y abre caminos a la incertidumbre, que se duerme en cada latido del sentido pleno de todo. Cada obra de su eterno estilo tardío, como decía Adorno, un silencio blanco, que acoge el último gesto que desafía el tiempo finito y a la muerte fría, incomprendida,... y ya no será nunca la última palabra, sino un gozo de vigilia eterna, de añoranza que ilumina la niebla oscura de los días, y el canto de la belleza más sencilla se convierte en un instante en el vientre del tiempo, que nos salva del vacío, del dolor en el pecho que empapa los ojos cuando los ojos de quien más quieres se apagan para encender los recuerdos y la verdad.
Porque sólo aquellos que como Julien hacen de su vida una danza de fuego cautivo y eterno de sueños, un gesto, una palabra, un verso de pincel, y una mancha sutil, tejiendo la última palabra muda que desafía al tiempo, consiguen que la muerte nunca se atreva a tener la última palabra, cosiendo una belleza indeleble que oscila naciendo y muriendo a la vez, y viaja entre las almas de quien más amó y entre los ojos de los que tenemos el privilegio, hoy y siempre, de volver a su mirada hecha color.

Los últimos latidos son silencios de los ojos, arrastran el dolor que se cicatriza en belleza, llegando al punto final en que se miran y se confunden la vida y la muerte, el color y el vacío, el silencio y la palabra, la sonrisa y la lágrima, soñar y vivir se desmenuzan en pequeños espejos llenos de verdad.
En el instante preciso de la decadencia del cuerpo se ilumina la verdad del espíritu, la pureza del entramado de la historia, del mestizaje, donde un escalofrío conmueve la piel, el pecho, el tiempo...
Las últimas obras como lágrimas en silencio de los ojos, que no quieren dejar de ser mirada ni reflejo de la vida, una vida que lo hería, lo atravesaba y él la hacía danza como polvo vibrátil entre el tiempo y el ritmo, entre la melodía y el poema, entre la pincelada y el silencio.
Lágrimas y fisuras, reconciliación y serenidad. Son como un otoño que se adentra en un invierno que invita a volver a casa. Un nuevo lenguaje para expresar sencillamente lo absoluto de todo lo que se pierde, pero también de todo el tesoro de lo vivido.
El estilo tardío de Julien recuerda la finitud en cada verso plástico, para trascenderlo, como «incendios que prenden entre extremos», como proclamaba Adorno. Una conciencia plena de lo absoluto que se esconde detrás de un gesto, una caricia de quien más quieres, un soplo de verdad de bello dolor suave en los ojos. Cuerpo efímero que se enfrenta al ser que persigue la eternidad en cada mancha, en cada sutil verso cromático. Un intento de renacer eternamente en los ojos de los otros.
En estas obras, que acarician este espacio de Son Amer, encontramos, también, el Julien que danzaba al mar que se encendía en la luz de sus ojos y de sus pinceles, y la atravesaba para encenderse en colores imposibles. El mar, brazos de agua salados, los juegos del agua, el pulpo entre los dedos, las lapas compartidas entre los labios, cuevas y enigmas para descubrir los tesoros ocultos del mar. Felicidad de agua y sal.
Y al final, los árboles, como «oraciones verticales» como cantaba Darwish, se alejan de Es Llombards y se sienten en el camino del tiempo, acarician el camino a casa, y nos salvan, desde la raíz que la tierra abraza, de la finitud, y Julien va dibujando y engendrando el color del camino a casa, mientras se aleja dulcemente: vuelve a casa.

El final del viaje, soñando cada piedra pulida por el agua y el tiempo, termina en el templo del pueblo que lo acoge, brazos encendidos, y se llena cada rincón de latidos y nidos en las manos, para renacer eternamente en medio de una niebla que se deshace en un sueño imposible.
El delirio onírico encuadra en blanco, dibujando cada límite imperfecto, que a la vez es la libertad plena entre unos límites que ahora Julien demarca, salva y crea, difumina y perfila a la vez, y en la creación vive su sueño, creando el límite de su espacio como un horizonte de silencio de su interior, que se hace ola de luz, color de agua. Todo queda dicho en el límite de un lienzo.
Obras en las que se abren grietas, una obra final polifónica, poliédrica, de mancha sutil, que se hace rizo de espuma, de verso blanco, de roca y árbol, magia que conmueve cada mirada... trascendiendo el color, la textura, yendo más allá de todo, siendo más que una expresión pictórica, para acabar siendo una forma de vivir, de pensar, y una bella forma de desafiar a la finitud, de renacer eternamente.

J. Jesús Camargo
En un otoño que se sumerge en un invierno que invita a volver a casa
 
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